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VANITAS.

María Jesús Casermeiro

 

VANITAS. EXPOSICIÓN DE PINTURA DE M.ª JESÚS CASERMEIRO

 

 

Por M.ª del Mar Marín

 

 

En el origen está el fuego, un fuego destructor, el incendio de una biblioteca. Pero lo que nosotros vamos a percibir al adentrarnos en esta exposición no es eso. Seremos testigos de las consecuencias de ese fuego: la huella de los objetos que ardieron, la tizne, el vacío, el frío, la oscuridad... la muerte.

Toda la exposición es una reflexión sobre la muerte en tres formas:

La muerte física, la transformación que acompaña al proceso de la corrupción, muchas veces acompañado de una potencia orgánica muy fuerte, muy sensorial. La naranja pelada pronto engendra el moho, la belleza del pavo real muestra un interior de vísceras y huesos.

La muerte como vaciadora de sentido de la vida. ¿Qué importancia pueden tener nuestros anhelos cuando ni siquiera el recuerdo persiste? ¿Dónde queda la individualidad cuando lo que permanece de nosotros y de las cosas que amamos es solo un matiz de color en una estantería, la huella de unos vasos anónimos sobre el mostrador de la taberna? Tanto afán para que al final, en el centro del laberinto, la mueca impostada de una calavera nos lance un reto siniestro. Suenan aquí las palabras del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después”.

Y la muerte como categoría metafísica, la destrucción como componente de la realidad al mismo nivel que la creación. El Shiva hindú bailando sobre los mundos destruidos en la eterna danza de los ciclos cósmicos. Aquí en la exposición podemos encontrar un terrible Baco de las Profundidades, quizás una Medea más allá de su crimen, esa fuerza destructiva que anida en la misma esencia de la realidad.

Pero nos enfrentamos a la Pintura, impulso y reflexión tienen que articularse en un lenguaje plástico que procede de fuentes diversas:

En primer lugar, llama la atención el uso reiterado de la simbología del Barroco más ortodoxo: calaveras, relojes, insectos, flores, instrumentos musicales, espejos... todos ellos en diálogo con ese vacío oscuro que a fin de cuentas no es otro que la cripta, la eternidad informe que nos espera. El propio juego realidad/ficción tan caro a la mentalidad barroca aparece una y otra vez. ¿Qué es realidad y qué es ficción? ¿La luna o su reflejo en el agua del cuenco? ¿La vida o su representación teatral? ¿El rostro o la máscara? ¿El libro o su reflejo en el espejo?

Pero estos símbolos, este vocabulario plástico, se estructuran de una forma ajena a la composición barroca. La experiencia de la modernidad, de las vanguardias, del abstracto, organiza el espacio como un vacío donde el cráneo, la flor marchita o la sombría acherontia subrayan su mensaje. Es un espacio neutro plásticamente y a la vez portador de sentido. Contexto para el símbolo y a la vez recuerdo de la oscuridad de la tumba.

También nos aleja del Barroco la experiencia histórica. El mensaje de Miguel de Mañara, esta vida es prueba y camino para la verdadera vida que nos espera tras la muerte, está ausente. Aquí no hay consolación cristiana ni miedo al infierno. La muerte se muestra en toda su radicalidad: vacío metafísico y no existencia.

No obstante, una línea oculta une esta modernidad descreída y abstracta con lo mejor del Barroco español. La austeridad cromática y la concepción metafísica del espacio enlaza de alguna forma con Zurbarán. Ante esta profunda reflexión sobre la muerte, ¿cómo no recordar al Valdés Leal de Las Postrimerías?

La última fuente de la exposición nos devuelve al origen: el incendio de una biblioteca. Las fotos expuestas en la sala muestran estructuras entre lo orgánico y lo abstracto creadas por el embate del agua contra las paredes y los objetos hirvientes. Un puro azar de elementos con gran potencia visual, formas naturales hasta cierto punto, pero que conservan en sus líneas verticales y horizontales la huella formal de la biblioteca.

Esta exposición supone una profunda reflexión sobre la muerte articulada en un lenguaje plástico que asienta sus raíces tanto en la tradición barroca española como en las experiencias del arte contemporáneo. Y consigue transformar un hecho acaecido aquí y ahora, el estrago del fuego y el agua sobre una biblioteca, en la vieja frase que nos resume, PULVIS ET UMBRA SUMUS.